Me duele el cuello, los hombros me pesan... me hunden el pecho hasta notar que casi me toca la espalda. Con las cejas arrugadas y los puños apretados, el espejo me descubre una mueca de odio, tensión, miedo e indignación. No puede ser... no me lo creo... estoy cansado de este ambiente terco, pesado, ordinario... estoy harto de esta falsa sinceridad maleducada... de esta prepotencia injustificada... de esta desafección inasequible al dolor ajeno. Estoy harto del cruel individualismo que nos está colocando a unos pocos arrinconados contra el muro de la soberbia ajena y de la intolerancia generalizada. Estoy cansado, intranquilo, cabreado, indignado, asustado... porque detrás de la sinceridad sin educación, sólo queda poca vergüenza y, desgraciadamente, este mundo se está convirtiendo cada vez más en territorio de la desvergüenza. Esta facilidad para usar la agresividad en cada relación: violencia de género, agresiones gratuitas, guardias civiles o policías a...
Reflexiones... ideas... pensamientos de alguien que quiere vivir alimentando su alma